Barbara Morgan "Lamentation" (Martha Graham - 1927)

Texturas

Huellas


 El comienzo


He iniciado esta larga búsqueda desde el momento en que nací. Tal vez, desde antes.
Todos mis actos se orientan hacia ello. Mis experiencias cotidianas, mis amigos, mis amores, todas mis novelas y ensayos. Todo cuando hice y dejé de hacer. Todo cuanto deshice.
¿Quién soy realmente? Es una pregunta que intentaré responder(me) en esto que escri(bo).
Lo primero que voy a contarles es cómo llegué a este lugar. Cuál es este lugar, lo contaré después. Quizás…

De mi primer nacimiento, el que me trajo al mundo, no tengo mucho que decir. Salvo que agradezco que haya ocurrido.
El segundo nacimiento es el que me trajo a la vida que tengo. Recuerdo bien que nací2 (de ahora en adelante lo llamaré así) un día de lluvia. El resto es muy confuso. Los recuerdos se nublan y se mezclan. Creo, por la edad que tenía en ese momento, que mi órgano visual ya estaba totalmente desarrollado. Por lo que descarto que mi confusión se debiera a una alteración de tipo sensorial. Más bien lo atribuyo a una causa de tipo emocional. Y climática.
Las imágenes que me vienen a la memoria me muestran caras. Algunas, vueltas a ver, más o menos veces. Otras, perdidas por completo. Pero hay una. La más vista, de la que no tengo una imagen, sino un conjunto de imágenes… Una gestalt, diría yo… De olor, voz, ojos, nariz, boca, comida, manos.
Recuerdo seguir a mi Gestalt. Y digo mi gestalt porque, a partir de ese momento, me apropié de ella. Yo no lo sabía entonces… y ella, tampoco. Seguirla entre la humedad, el hambre y la confusión. Todavía puedo sentir cómo mi cuerpo fue abrazado y puesto a salvo, al calor de la ropa. La dulzura de esa voz, las caricias pegajosas y el golpeteo de un tambor que, todavía escucho cuando mi Gestalt me acerca a ese lugar… Debo reconocer, y ella lo sabe, que, a mi edad, no soporto mucho ese tipo de cosas.
Lo demás es lo que sigue. Día a día. Mes a mes. Año a año (ya van 10).
Así fue como llegué al lugar donde estoy ahora. A partir de mi nacimiento2 comencé a ser lo que soy. A partir de ese momento comencé a ser Ferragulli.

Nunca me vi en un espejo, por lo que, casi, no tengo una imagen completa de mi cuerpo. Si intentara describirme, diría que soy un poco gris (tengo pelos grises), un poco negra (tengo pelos negros), un poco rubia (tengo pelos rubios). Hay partes donde no tengo pelos, por ejemplo en la panza, que es rosa. No voy a entrar en una descripción interminable. Voy a agregar solamente que tengo 5 patas, de las cuales una, la que me cuelga detrás, es inútil. Tal vez se deba a un error genético, aún no lo sé. Sólo cuelga. No tiene uñas, ni almohadoncitos como las otras y se mueve sola, aunque yo no quiera. Al menos, me entretengo tratando de hacer que se quede quieta. Tal vez no sea el producto de un error y, quizás, yo pertenezca a una especie súper evolucionada, poco estudiada todavía, que trae consigo una especie de juego de ingenio o inteligencia práctica a fin de mantener activo al cerebro durante toda la vida. La ciencia ha avanzado tanto y hay tantos adelantos tecnológicos que, podría ocurrir, los juguetes dejen de existir. Para eso, mi especie trae un juguete propio. ¡La supervivencia del más apto!
He podido deducir, a fuerza de pasarme horas mirando, que mi Gestalt, no tiene mi misma forma. Tampoco tiene la pata de atrás, ni encuentra sentido a jugar con la mía (traté de mostrársela más de una vez, pero la ignora) por eso entiendo que tenga que sentarse a tocar la tabla con botones para mirar cosas en la otra tabla, con dibujitos (imágenes o texto, escuché que le dice) para hacer su vida un poco más entretenida. Lo mismo hace con una caja grande, que también trae dibujos que se mueven (esta caja también habla). Deduzco que mi Gestalt y yo, afortunadamente, somos de distinta especie.
Tengo una pelota, que llevo y traigo y que, si me la arrojan, aunque me muera de ganas, no busco (soy educada y conservo mis modales). Parece ser que existen unos seres horribles llamados perros, que babean y juegan con pelotas. Ellos, en lugar de hablar ¡ladran! Por suerte, ese tampoco es mi caso.
Como me gusta subir a la ventana y hablar sola, durante horas, sentada ahí, pensé que podía llegar a ser un pájaro. Escuché muchas veces ese nombre. Parece que hay varios tipos de pájaros. Pero, la verdad, es que cuando los veo, porque pasan siempre conversando por mi ventana, siento unas ganas incontrolables de comérmelos. No escuché nunca de un pájaro que se coma a otro… O no lo quise escuchar… ¡Me aterra pensar en la idea de ser un caníbal que se come a los suyos y voy a buscar todas las opciones posibles antes de creer que sufro de tal desvío mental!
Llegué a pensar en la posibilidad de ser una vaquita de San Antonio, que son unos bichos chiquitos, rojos y llenos de lunares. Vi varios a lo largo de mi vida. Si bien no me vi por el momento esos lunares, me gusta como a ellos, subir a lugares altos. Cuanto más alto, mejor. Y, si puedo seguir subiendo, subo. Pero… una vaquita de San Antonio… ¡me niego a creerlo!
No Gestalt, no perro, no pájaro, no vaquita. ¡Es terrible pasar por este mundo sin saber lo que se es!


Lo que me gusta


Me gusta levantarme cuando suena el despertador y subirme a la cama o, si ya estoy ahí, subirme a la almohada y seguir durmiendo.
Me gustan las aceitunas, sobre todo, si están fresquitas y ruedan. ¡Aunque siempre van a parar debajo de algún mueble! Entonces las dejo ahí, para que se pudran.
Me gusta meterme adentro de las cajas, de los aparadores o debajo del acolchado. ¡Es que sufro de claustrofilia!
Me gusta subirme a la mesa para tomar sol por las tardes, porque puedo acostarme en el mantel, que está más calentito que el piso, sin que nadie me vea.
Me gusta dar muerte lenta a unas cositas que vuelan por mi casa. Que tienen cuerpo negro y alitas. Las aplasto suavemente con la pata y después miro para ver qué pasó. Me gusta más cuando todavía se mueven.
Me gusta cuando retan al gato del vecino.
Me gusta reírme cuando retan al gato del vecino.
Me gusta sentarme en la ventana y escuchar música.


Yo y los miedos
De cómo conocí al hombre de la bolsa o ¡Upa, qué miedo!


Hace un tiempo me llevaron de paseo. Yo iba escondida en el fondo de esa cosa donde me metieron. Caja para transporte de mascotas, dicen que es (aún no pude averiguar qué es una mascotas). Era de noche. No sé porqué me llevaron a pasear de noche.
De repente lo vi. Él no me pudo ver, porque iría pensando en sus cosas. Yo iba pensando, también, en mis cosas. Pero lo vi.
Llevaba bolsas. Grandes. Enormes. Oscuras. No sé qué tenían dentro, pero debían ser pesadas, porque hacía fuerza para levantarlas. Se las dejaban en los árboles y él, sin ningún disimulo, las agarraba. Impunemente. A todas. Y se las iba llevando… Vaya uno a saber dónde. O sí: a su casa. Vaya uno a saber dónde queda su casa…
Pude deducir que vivía lejos, porque iba en un camión. A lo mejor vivía cerca, pero, al igual que a mí, no le gustaría caminar por la calle.
Creo que iba a hacer una fiesta. Porque llevaba muchas bolsas y porque estaba con amigos. Uno manejaba el camión. Otro, su mejor amigo, lo ayudaba con las bolsas. Todos tenían la misma ropa. Con unas tiras de color que brillaban a la luz.
Yo pensaba que este hombre trabajaba solo. Pero no. Alguien ya le había preparado todo para que se lo lleve…
En este mundo moderno ¡hasta el hombre de la bolsa tiene quien lo ayude!



Lo que me gusta (2ª parte)


Me gusta el cine, sobre todo el europeo.
Me gusta el olor de la yerba de los primeros mates. Aunque no tomo mate.
Me gusta la lana. Los sacos de lana, me gustan.
Me gusta el olor del tabaco de los cigarrillos recién encendidos. Pero no fumo. Me hace mal a los ojos.
Me gustan el vino y la cerveza. El jamón y la panceta. También los quesos.
Me gusta calentarme en la estufa. En cualquier época del año (porque la estufa calienta en cualquier época, no vayan a creer que yo no sé que, a veces, cuando me apoyo, está apagada).
Me gusta el té de tilo, aunque no tengo problema en tomar agua.
Me gusta el sol.
Me gusta que me llamen y no ir.
Me gusta ir cuando no me llaman.
Me gusta sentarme con mi Gestalt en el sillón y darle la espalda.
Me gusta sentarme a mirar el respaldo del sillón.
Me gusta que vengan invitados a mi casa, porque así disfruto más el momento en que se van.


En busca de la imagen perdida


Un día decidí salir. Me di cuenta de que, encerrada entre estas paredes nunca iba a saber quién era yo. Esperé a que abran la puerta y me fui. Hasta ahora no había contado que no tengo gran altura y, además, soy muy veloz y elástica. Todo esto me ayudó a poder escapar.
Como nadie me vio, inmediatamente la puerta se cerró. Y ahí me quedé yo. Sola, con mi presencia. Sé que mi presencia estaba, porque algo me picó en una pata y tuve que girar a mordérmela. En ese momento me dije: Al menos, no estoy tan sola; ¡mi cuerpo me acompaña!
Y comencé a deambular, como quien deambula por un pasillo, yo iba y venía. También por un pasillo. Tenía ganas de gritar o de llorar, pero como no quería que me descubrieran, me las aguanté. Y seguí mi viaje.
Como tengo muy buena visión en la oscuridad, pude ver que en un extremo del pasillo crecían unos escalones. Uno encima del otro. Y por ahí me fui. Lentamente. Sin ruidos. Sin agua ni comida. Sola, con mi presencia.
El primer escalón fue el más difícil. No era más alto que los demás, pero algo me decía que subirme a él cambiaría mi vida. No sé si fue así, porque subí muchos escalones más. Alguno de todos habrá sido el responsable. Porque mi vida cambió. Pero nunca sabré bien en cuál de todos los escalones fue.
A diferencia de mi casa, estos escalones eran muy fríos. No sé si alguna vez les conté que tengo muy buen olfato y por eso me encontraba a cada paso con miles de olores diferentes.
Siguiendo uno de los olores me encontré al final de la serie de escalones. ¡Y, para mi sorpresa, estaba de nuevo en el pasillo! Pero, como en un sueño, el pasillo de mi casa, era otro. Era un lugar extraño, hasta la puerta de mi casa, que estaba ahí donde siempre, era distinta. Sin embargo, no soñaba y, de repente, la puerta se abrió.
Con mucha ilusión y, un poco avergonzada por la travesura, me decidí a entrar, pero mi nariz me frenó. El olor de los escalones salió con más intensidad cuando se abrió la puerta y ahí nomás me encontré con unos pies que no eran los de mi Gestalt.
No sé si alguna vez me asusté tanto. Tampoco sé si alguna vez corrí tan rápido. Lo que sé es que me di media vuelta y divisé de nuevo los escalones. Esta vez los salté. No tenía tiempo de olerlos a todos. Y llegué, otra vez al pasillo. Y a la puerta de mi casa.
Quería despertar de mi sueño no soñado, pero no podía. Empecé a dudar si eso no era soñar realmente y yo soñaba por primera vez. O si eso era estar viva y yo había estado muerta hasta entonces. O si lo que me pasaba era la muerte y yo aún no lo sabía.
No sé cuántas veces más volví a encontrarme con el pasillo. El olor de mi casa cada vez se sentía menos, pero yo sabía que aún ahí estaba. Sin embargo los pies que no eran mis pies me aterrorizaban y ya no podía volver.
Empecé a tener mucho frío y algo de sueño. Me ovillé en un escalón y con la pata inútil me tapé la nariz. Así sentía un poquito más de calor. Cuando me di cuenta, ya había luz de día. Casi no había podido dormir. Los ruidos y los olores me invadían a cada instante. De repente, sentí un olor familiar. Escuché una voz que me resultaba conocida y, de tanta emoción no pude, sino hasta que vi sus pies, darme cuenta de que se trataba de mi Gestalt. Por primera vez en tantos años volví a dejar que me abracen fuerte. El sonido de ese tambor que me recuerda mi infancia se hizo presente en mí como el primer día.
Y volví a mi casa. En realidad, me llevaron. En mi casa encontré comida, agua y la sensación de que, en alguno de esos escalones, había llegado a la madurez.


Lo que me gusta (3ª parte)


Me gusta dormir por la mañana.
Me gusta comer antes de dormir.
Me gusta dormir por las tardes.
Me gusta dormir al rayito del sol.
Me gusta comer cuando me levanto de dormir.
Me gusta dormir cuando termino de comer.
Me gusta acostarme sobre un diario y dormir en él.
Me gusta sentarme en el sillón y quedarme dormida.
El calor del verano me hace muy mal. Lo único que me alivia es dormir.
Me gusta dormir cuando hace frío.
Me gusta dormir si hay visitas.
Me gusta que me dé sueño cuando estoy sentada en el sillón, bajarme e ir a la cama a dormir.
Me gusta que las visitas se vayan y me dejen dormir.
Amo dormir.


Retorno


Los años fueron pasando. Algunos, más lento. Otros, más rápido. Rapidísimo, unos pocos. Mi Gestalt sigue en casa. Nos hacemos compañía. Intento que charlemos, pero cada día que pasa me convenzo más de que no hablamos el mismo idioma. Antes creía que ella se negaba a entenderme. Ahora comprendo que cuando ella habla, yo tampoco la entiendo. Sin embargo, con el tiempo, nos fuimos conociendo y ya ninguna de las dos necesita hablar para que la otra sepa. Y, cuando hablamos, porque, tal vez, necesitamos decir algo en voz alta, sabemos que, lo mejor, es que no nos entiendan. En ese sentido, somos muy parecidas.
Nunca olvidaré mis primeros años. Todo era nuevo. ¡Un mundo por descubrir! Huidas, corridas, golpes, arañazos, saltos, caídas. ¡El desenfreno de la juventud!
Todavía hoy, de vez en cuando, rememoro esos tiempos con algún salto en alto o un piquecito de poca distancia. Y luego me freno por vergüenza. No vayan a creer que es vergüenza por mi estado físico! Si de algo tengo que estar agradecida es de la agilidad que conservo. Digo vergüenza porque, cuando uno se vuelve adulto, tiene cierto pudor de mostrar al niño que lleva dentro. Aunque, en mi caso, más que un niño, tendría que decir que lo que llevo dentro es un cachorro. Porque, a lo largo de todos estos años, fui descubriendo lo que soy.
Un poco malhumorada.
Cariñosa con quien quiero y cuando se me da la gana.
Algo ventajera, ¡pero sin malas intenciones!
Obsesiva con la limpieza.
De atención fluctuante, menos cuando estoy comiendo.
Friolenta y dormilona.
Tenaz en mi lucha contra los pájaros y los insectos.
Odiadora compulsiva de las visitas y los veterinarios.
Recitadora nocturna de poemas en las ventanas.
¡Fiel exponente de mi especie!
¿Que cuál es mi especie? Bueno… A veces tengo problemas de memoria. Suelo olvidarme de los nombres. Sobre todo si no los oigo muy a menudo. Y el nombre de mi especie no es algo que me digan con frecuencia. ¡Mi Gestalt nunca me lo dice!
Desde mi llegada a esta casa, cuando comencé a ser lo que soy, ¡ella insiste en llamarme Ferragulli!





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